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LA PRENSA/ M. ESQUIVEL

Celebraciones del escriba, de Jorge Eliécer Rothschuh Villanueva, es un enconado y alegre alegato en defensa de las palabras, que según el autor no son ni decentes ni indecentes, ni legales ni ilegales, ni pulcras ni sucias. Aquí se nos recuerda que todo vocablo que vibra y estalla en la lengua vale y es justo, y no hay por qué lavarle la boca con jabón a los niños, según se les suele amenazar de parte de sus mayores, cuando, atraídos por el ámbito prohibido y la calidad transgresora de las palabras, apenas aprenden a hablar comienzan a repetir aquellas de mala catadura que nos heredaron Cervantes y Quevedo, ah hideputa. El idioma se crea en la calle, en los garitos y en las alcobas, y no en los diccionarios.

Una docta disertación la de Jorge Eliécer, escrita en clave de rebane, o de jodarria, con tantas citas y referencias como para empedrar las calles de Juigalpa, alegato en estrados que tiene que ver con la constante e inagotable invención de las palabras, desde su hermosa dimensión arcaica que aún vive en los labios campesinos de tierra adentro de Nicaragua, hasta la pasmosa modernidad del idioma hoy día, teñido de extraños neologismos y sincretismos inscritos en las tablas de la ley de las redes sociales.

Esas palabras que se defienden siempre panza arriba, con uñas y dientes, tantas veces acosadas por la censura que se ha querido imponer sobre ellas, porque siendo libres por naturaleza resultan perniciosas a la salud pública y al dominio vertical de la autoridad que solamente quiere tratar con palabras esposadas, es decir, enchachadas.

Y en mi coda de celebración a este libro quiero empezar precisamente con la censura, uno de sus temas, de la que tantos ejemplos ingratos hay en la historia de antes y en la de ahora. En la República Islámica de Irán, Memoria de mis putas tristes, la última de las novelas escrita por García Márquez, fue prohibida por las autoridades religiosas que desde sus sillas gestatorias custodian la moral pública, después que por liviandad de un funcionario había sido autorizada a circular en una primera edición. El responsable de haber dado el nihil obstat a esa novela que trata del desconsuelo de los viejos, y no hay otro peor que el de la carne, fue destituido de su cargo, y el editor condenado a azotes por un sacro tribunal, y encontrado culpable de delito contra la decencia.

Las prohibiciones de ver, de leer, de oír, resultan siempre actos arbitrarios, y no son sino muestra de la intolerancia frente al pensamiento de los demás, tal como Jorge Eliécer ejemplifica y demuestra, sean dictadas por razones políticas, ideológicas, morales o religiosas. Es una manera de castrar el pensamiento, porque las películas, los cuadros, los libros, las piezas musicales, son frutos de la mente, que es dueña de la razón y de la imaginación.

EL VIEJO ALEGATO

Que una obra sea pornográfica, o irreverente, o antirreligiosa, o dañina a las reglas de conducta social, ha sido siempre el viejo alegato. Porque un fiscal creía que Madame Bovary era una novela que llamaba a las mujeres a cometer adulterio, es que se quiso condenar en juicio a Flaubert. Los argumentos, a través de los siglos, siempre vienen a ser los mismos. Para los ayatolas, Memorias de mis putas tristes no era sino un manual de prostitución digno de la hoguera. En el caso de Madame Bovary, al menos queda la sentencia judicial que absolvió a Flaubert de los cargos, una pieza maestra de tolerancia y buen gusto literario.

En la Plaza de la Ópera en Berlín, donde los nazis encendieron el 10 de mayo de 1933 una pira de libros prohibidos, como manera de querer pegarle fuego a la razón y a la imaginación, existe ahora un bello monumento que no se ve desde ningún ángulo de la plaza. Uno tiene que acercarse a un panel de vidrio en el suelo, debajo del cual hay una habitación desierta rodeada de estantes de libros, pero sin libros. El mundo perfecto para los ayatolas de todos los tiempos.

Es el mundo del futuro que pinta Ray Bradbury en Fahrenheit 451 (esa es la temperatura a que arde el papel), tener libros en posesión es un delito de Estado y las brigadas de orden público se desplazan a los hogares para constatar denuncias de que allí o allá aún se lee. La incineración del cuerpo del delito sigue al hallazgo. Quienes sobreviven como adictos a la lectura, deben aprender los libros de memoria y leérselos los unos a los otros.

¿Y quiénes son los pirómanos de la inteligencia, los que no quieren dejar ver, ni oír, ni leer, ni aprender, ni sentir? Generalmente los que prohíben sin haber visto ni leído ni oído lo que quieren prohibir, solo porque una película, un libro, un objeto de arte, calza en los moldes de lo que su mente rechaza por adelantado. Una mente donde no entran ni el aire ni la luz. Enemigos del lector y enemigos del escriba.

“CON CENSURA NO HAY LITERATURA”

Cuando el Vaticano puso en la lista de películas prohibidas La Dolce Vita, de Federico Fellini, el cardenal del Santo Oficio que había dado aquella orden, al ser preguntado si había visto la película respondió que no, que él no veía basura. Y cuando en Cuba fue prohibida Guantanamera, la película de Tomás Gutiérrez Alea, el comandante en jefe, que la había atacado por la televisión, a la misma pregunta respondió lo mismo, que no perdía su tiempo en ver basura.

Jorge Eliécer cita una lapidaria frase de Coetzee: “Con censura no hay literatura”. Y al revés, también con censura hay literatura. Porque gracias a que la censura impone al escritor andar por vericuetos, ponerse máscaras, esconder lo que quiere decir con ornamentos que parecen inofensivos, aguzar el ingenio para saltar la pared que se interpone, los adustos censores han contribuido en no poco a la creatividad, como ocurre con la red sanguínea que un corazón debe fabricar cuando las venas están bloqueadas. En esto fueron maestros los pícaros escritores de la picaresca del siglo de oro.

Las listas de lo prohibido son siempre medievales. Es decir, son retrógradas, y oscurantistas, y eso queda dicho y aclarado por Jorge Eliécer en estas páginas suyas. Y siendo este libro un alegato sagaz contra la censura, lo es también a favor de la libertad de palabra, que se haya en el envés de la trama.

La libertad de expresión es parte del tejido vivo —huesos, piel, nervios— del sentido general de la libertad, y valga la redundancia, pues libertad nunca sobra. “Por la libertad así como por la honra, se puede aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”, dice don Quijote cuando viene de abandonar junto a su escudero Sancho los dominios del duque, ejemplo cabal este personaje de los abusos y las insensibilidades del poder que, o prohíbe la imaginación o se burla de ella.

Es una frase esa de Don Quijote mil veces repetida. La filosofía verdaderamente ética es la filosofía de la libertad, y ya Cervantes, el gran escriba, lo había aprendido de otro trasgresor, Erasmo, quien había escrito, con humor y alegría, el primer elogio de la locura un siglo atrás. El Quijote no es sino un nuevo elogio de la locura, donde al humor se suma la pesadumbre, y alegría y melancolía se dan la mano, pero signadas por la libertad que nos ofrecen las palabras.

Para Erasmo no hay humanismo sin tolerancia y son los intolerantes, dueños de la verdad absoluta, los que siempre acusan de herejes a los escribas por no pensar igual. Lean a Jorge Eliécer y se darán cabal cuenta. “Hay asuntos sobre los cuales es más sabio permanecer en la duda… antes que proclamar verdades”, nos dice Erasmo. El poder que quiere meter en cintura la libertad de palabra, parte de la creencia absoluta de que allá arriba lo saben todo, saben lo que conviene a los demás, y olvidan la regla de la duda, que es la regla de la tolerancia, y olvidan la regla de Sócrates: saber nada más que no se sabe nada más.

La lengua libre en la boca es lo que define la edad de la razón, que comienza con Giordano Bruno quemado en la hoguera y se extiende hasta Voltaire, perseguido por las monarquías y retirado en Ferney, a un paso de la raya fronteriza de Francia con Ginebra, listo a huir de la policía política del rey Luis XV, que no le daba tregua. Entre los dos, una sola edad de renacimiento ilustrado, o ilustración renacentista. Una sola edad de las luces, y de la razón, y de la duda, contra todas las imposiciones del silencio, de la censura, de las verdades teologales, de la autoridad emanada de las tinieblas.

Quien busca regular, o dominar, o recortar la libertad de palabra, niega la duda, y se atiene a las certezas oficiales, como verdadero enemigo del escriba que es. De la tragedia, a la comedia. “Comprendo que la duda no es un estado muy agradable pero la seguridad es un estado ridículo”, dice Voltaire. Y la premisa revivida de Montaigne: “¿Qué sé yo?”, se alza en contra de la petulancia de la otra, “¡qué no sabré yo!” “¡Qué no podré ordenar yo!” Cuando se llega a ser dueño de la verdad absoluta, el mundo se detiene en la locura de las ausencias, como temía Erasmo.

EL HUMANISMO

La lucha entre el dogma y la libertad de pensamiento sigue pendiente, se nos recuerda en este libro de Jorge Eliécer. Los temores sobre la verdad absoluta son más modernos que nunca cuando todas las preguntas de la filosofía regresan a buscar el verdadero sentido del humanismo, que es el ser humano, soterrado antes bajo el culto del Estado, después bajo el culto del mercado, y ahora, otra vez, amenazado por la resurrección de los proyectos mesiánicos que apartan todo a su paso depredador. Tomismo contra humanismo, ideología contra razón, verdad sabida contra verdad por aprender.

Es lo que afirma mi maestro Mariano Fiallos Gil en su ensayo El humanismo beligerante (1958): “Si de acuerdo a Protágoras el hombre es la medida de todas las cosas, eso significa que en todo hombre varía el criterio de la verdad. La verdad que es relativa y variable, según las circunstancias, y el tiempo y el espacio en que se está colocado”.

EL MUNDO EN LLAMAS

Hay en la historia, de acuerdo con los momentos dados, verdades insurgentes que se oponen a las verdades establecidas. Es cuando las utopías triunfantes reclaman todas las respuestas y dejan vacías las preguntas, y se impone la razón del ideal, más que el ideal de la razón. Es lo que ocurre al triunfo de las revoluciones.

La polaridad entre la utopía llena de gracia, versus la realidad llena de defectos, elimina la escogencia múltiple; y entonces la verdad insurgente adquiere poder transformador al amparo de la utopía triunfante, y al volverse verdad dominante se convierten en verdad absoluta.

El mundo en llamas es una verdad, por sí misma intolerante. Pero de todas maneras, se trata de un fulgor precario. Cuando los fuegos del primer momento de una revolución se apagan, se apaga también el prestigio de la intolerancia, y todo se vuelve luego un juego burocrático en el que los antiguos ardores son sustituidos por los trámites.

Digo todo esto último porque me consta. Y ahora celebremos de la mejor manera al docto y encandilado escriba que es Jorge Eliécer: leyéndolo.

MALDITAS, MALDICHAS, MALDECIDAS

Para Jorge Eliécer Rothschuh Villanueva, Las palabras Celebraciones del escriba: “De afuera hacia adentro las palabras llegan a soplarme al oído travesuras, resignaciones o malentendidos. La resonancia perturba amplificadores acústicos para iniciar una expansión expresiva, muchas ondas transgresivas. Esas palabras que enojan al oyente por groseras, satisfacen al hablante por su magnificencia verbal te vas a ir al infierno me dicen.

Y este ofrecimiento gratuito que fue el leitmotiv lingüístico emprendedor. Espero que las palabras una vez seleccionadas —ovum, culus y virga— no aturdan a aquellos cristianos cercanos a las puertas del purgatorio, sino que gocen de su linealidad contaminada por la aproximación secuencial, subsidiada, con lógica ternura euclidiana.

Cualquier palabra se vuelve agresiva si la provocás. Ninguna duerme, todas viven despiertas.

TOME NOTA

Las palabras Celebraciones del escriba se presenta el martes 21, a las 9:00 a.m., en el auditorio central de la Universidad de Ciencias Comerciales en Managua y será comentado por Adrián Uriarte.

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